En el hospital, la policía le interrogaba. Estela habló de ladrones, uno que entró por la puerta de enfrente y otro que entró por la ventana del cuarto, que habían mirado que estaba sola en casa y que no habían perdido la oportunidad, pero que se asustaron cuando vieron la sangre, que era roja y rápidamente manchaba la blancura de la cocina. Los describió como uno bajo y algo chino y otro alto y algo blanquito. Dos días después, Estela salió del hospital, tomando un taxi que la llevó hasta su casa, la esperó veinte minutos, y la había trasladado de nuevo hacia el centro de la ciudad, pero esta vez fue hacia la estación de autobuses. Ahí, en la esquina, Estela fumaba, jugando con el tiquete que la llevaría a casa de su hermana, que también estaba viviendo con un hombre y que también había sido visitada por los ladrones, uno blanco y otro chino, menos de dos meses atrás. Su hermana, sin embargo, no había sido nunca apuñalada con un cuchillo ni víctima de accidentes con el agua, porque ese hombre si la amaba y le daba flores y le preparaba baños perfumados; y quienes no la habían tratado bien había sido aquellos dos, que aprovechando que el enamorado compañero había salido, le habían robado un poco dinero, atún en lata y un radio de pilas. De golpes y heridas punzocortantes, no había nada, pero eso era porque ella había corrido, no porque los ladrones no fuesen capaces. Tres meses después, Estela estaba recuperada y ya ni pensaba en si su esposo la buscaría o si estaría con otra, aquí o allá, jugando con pistolas o con cuchillos. Había conseguido trabajo como cajera de un supermercado nocturno y bordaba por las tardes, acompañada de su hermana porque su amiga estaba ocupada para viajar cuarenta minutos hasta la casa de su hermana. La policía buscaba aún a aquellos dos hombres, uno blanco y otro chino, que según los testigos también viajaban con otro sujeto que tenía acento, que unos decían que era negro y otros, que era mestizo; pero que los tres, juntos o por separado, habían provocado quemaduras y asaltos, violaciones y puñaladas, disparos y envenenamientos, y que nadie sabía a ciencia cierta cuántos crímenes habían cometido y cuántos más podrían cometer. Todos les temían en la ciudad, todos menos Estela, que sólo tenía miedo de los gatos, de los accesorios de plata y del recuerdo de un frío que había sentido cuando la cortaba de par de par.
Estela, que fumaba en la esquina, le tenía miedo a los gatos y a los accesorios de plata, pero amaba con pasión sentarse a mirar la tele y comer pan humedecido en leche. Tampoco le temía al cáncer, o bien fingía no temerle, porque esa era la única actividad autodestructiva que se podía permitir. Había vivido por años en un extraño letargo, en la represión de un claustro que se había colado bajo su piel y que había fundado conventos, donde sus instintos más religiosos celebraban misas y rezaban rosarios por los domingos, ayudándole a soportar el dolor. Sin embargo, desde la noche del accidente, desde aquel momento en que su esposo le había apuñalado por la espalda y ella se había derramado encima la olla de agua hirviendo para el spaghetti, desde ese veintiséis de abril, ella había decidido vivir fuera de su cárcel y aprender a sonreír. Al fin de cuentas, su esposo, que huyó cuando recordó que la sangre era dramática, estaría demasiado lejos como para interferir en sus nuevos proyectos de vida. Caminando adolorida, más por la quemadura que por la herida, Estela levantó el teléfono y llamó a una amiga que vivía en la calle de los restaurantes chinos, y le preguntó si sabía cuánto cobraban las ambulancias por los servicios. La mujer, al otro lado del auricular, respondía riéndose: “Estela, por Dios, no seas ingenua, las ambulancias son gratuitas. Aunque a veces tardan en llegar”. Ella, agradeciendo la información, prometió llamarle la semana entrante para beber el té y mirar las revistas de bordados, que al parecer había comprado dos muy lindas. Sin colgar el auricular, Estela volvió a marcar. La operadora, que había sufrido una obstrucción con un pedazo de carne la noche anterior, trabajaba ahora como nunca lo había hecho en la vida, pues ahora comprendía que atender las llamadas del servicio de emergencia era una labor mucho más noble de lo que había creído, aunque fuese tan mal pagada. Estela, pidió la ambulancia, y describió su caso como un derramamiento accidental del agua caliente, pues pensaba que si los paramédicos llegaban por la quemadura podrían revisar de una vez la puñalada, y no sería necesario exponer a su esposo a convertirse en el chisme del día de quienes respondían a las llamadas. Recordando que su amiga le había avisado que el rescate tomaba su tiempo, fue al baño y se miró en el espejo. Si bien nunca había estudiado medicina, sospechaba que la herida bajo el abdomen requería de algún tipo de costura y decidió utilizar un pañito para las manos como un objeto para ejercer presión. Sentándose sobre el excusado, observaba las pequeñas coloraciones rojizas de sus piernas y de sus manos, y pensó que le tomaría algunos meses volverse a recuperar. Estaba mareada. Saliendo, caminó hacia la sala, y miró el televisor. Diez minutos después, los socorristas, uno que gustaba de los programas de cocina y otro que miraba poca televisión, llamaron a la puerta. Tomando el bolso, las llaves, el paquete de cigarros y el encendedor, Estela salió. Caminaba renca, con la mano derecha apoyada sobre la herida. ¿Es usted quién sufrió la quemadura?, dijo el socorrista gourmet. Ella asintió. ¿Y esa sangre?, preguntó el otro. Es de la puñalada, dijo Estela, caminando sin duda hacia el automotor.

Tengo que confesarlo: No tengo recuerdos de mi infancia. No me veo a mí mismo correr desnudo con un camioncito por las calles. Ni me recuerdo como un niño feliz. He tenido borrosas memorias de mi niñez, generalmente manipuladas por anécdotas familiares que alguna vez escuché. Nunca tuve consciencia de mi muerte, ni de riesgos, ni peligros.
Yo miraba al niño y pensaba que jamás podría regresar a su edad. Fue entonces cuando me asusté, cuando por primera vez, en casi tres horas de descanso, contemplé su desnudez. No hablo de la desnudez de los cuerpos sino de la fragilidad de las vidas. Él jugaba, sin preocupación, sin temores. Yo sentía terror. Yo temía por su vulnerabilidad. Luego, no sé si lo soñé, observé una culebra aproximarse lentamente hacia él. El niño estaba desnudo y La Serpiente se deleitaba con los reflejos de sol sobre su cuerpo. La víbora tenía esa maldad en su mirada. Había planificado todo: Había esperado la oscuridad, había avanzado sigilosa, había hecho silencio. Yo intenté levantarme de la silla y correr para protegerlo. Fue inútil. El horror me paralizó. Me quedé estupefacto... El pequeño había sido mordida y su madre, terriblemente angustiada, confesó que ella misma había llevado la serpiente a su casa porque nunca sospechó de ataques posibles y porque le gustaba sentirla sobre su piel... Ahora, la culebra había escapado y los parientes y amigos, repartían letreros y colaboraban con la autoridad.
La Serpiente andaba suelta en la ciudad. Las patrullas habían alertado a las escuelas vecinas. Había sido descrita como un sujeto de mediana estatura, rostro ovalado, ojos negros y dificultades para hablar. Había sido visto por última vez cuando salió de casa aquella tarde. La mujer no estaba. Cuando regresó, encontró a su pequeño de siete años sumido en el infierno de llanto, irremediablemente herido. Horas después, los noticieros le culpaban a ella de los abusos cometidos por su compañero sentimental. Las melancólicas lágrimas televisadas, azules como el horizonte, se perdían en la terrible oscuridad.
No pretendía tratar de abandonar la ciudad. Eso estaba claro. Hubiera sido interpretado como una muestra exagerada de debilidad o de la melancolía que yo no estaba dispuesto a permitirme. Lo que si quería, en el fondo, era voltearme del revés. ¿Me explico? Quería, en el menor tiempo posible, desligar mis emociones de cada edificio y cada estructura de las miles de calles y avenidas que había marcado mi historia. Quería ser un cosmopolita de paso. Deseaba que cualquiera rastro de mi saliva desapareciera de las aceras y de los caños fríos de noviembre. Anhelaba una existencia sin marcas.
La dueña del apartamento, desde temprano, había planificado impedir mis reflexiones. Los tres secos golpes que acababa de dar sobre mi puerta, los había pensado cuatro horas antes, justo a las cinco de la mañana, mientras sorbía el café. Siempre despertaba a las cuatro y salía a correr por la ciudad. Sesenta años de penas que cada madrugada trotaban sobre el pavimento. Regresaba rejuvenecida, como una mujer de cincuenta, con algunos quejidos de menos. Luego, tomaba una ducha y se sentaba a desayunar: Pan integral, jugo de naranja y miel. Siempre entra las cinco y las cinco treinta de la mañana. Después leía el diario, barría la entrada del condominio y se sentaba a recibir los primeros rayos del sol. Esa era su rutina. Excepto esta mañana. Hoy no hubo carreras apresuradas para ganarle al semáforo ni saludos con la mano a los otros corredores. Hoy se sentó a esperar, en bata, sobre su cama.
Si hubiese tenido voluntad, o suficiente descaro, me hubiera golpeado la puerta a las cinco de la mañana para explicarme la situación. Pero no lo hizo. Había preferido dejarme dormir.Y mientras masticaba pensativa el pan seco sin natilla, decidió que me buscaría a las nueve en punto. Yo estaba pensando en abandonar la ciudad cuando sus nudillos me reconciliaron con las arquitecturas. El eco se había esparcido rellenando los agujeros vacíos de mi habitación. El olor a perfume de tienda de abarrotes se colaba por las rendijas. Era ella. Lo supe antes de abrir. La puerta rechinaba y estaba cansado de decírselo, y justo cuando la tenía en frente y quise recordarle que mandara a llamar al cerrajero, sus ojos me cosieron la boca y sólo me permitieron levantar una ceja y apartarme para que ella pudiera entrar.
Pero, para mi sorpresa, ella se negó a entrar. Tan sólo abrió las manos como si fueses un cofre y, con un gesto, me invitó a tomar un papelito que se escondía entre ellas. Lo tomé, desdoblándolo, cuidadosamente. Tenía esa apariencia amarilla de las viejas cartas de amor. Al leerlo, comprendí su mirada: Había venido por el auto. Tomando las llaves, un abrigo cafè que siempre cuelga junto a la puerta al lado del viejo paraguas, salimos. Ella se colocó un pañuelo en la cabeza y, mientras bajábamos, sutilmente coló uno de sus brazos entre el ángulo de mi codo: "Nunca había tenido un nieto".
El viaje lo hicimos en silencio. Ella releeía y repasaba el contenido del documento. Yo la miraba de reojo. No parecía querer llorar. No parecía sumida en la tristeza. El tiempo estaba hermoso. En otras circunstancias, ella, feliz, me hubiera pedido detener el auto para caminar por el campo. Hoy no. Las horas estaban medidas con exactitud. Se aferraba al papel y miraba el reloj. Mientras conducía, yo pensaba que era problable que no llegaríamos a tiempo, y que ho habría tiempo para despedidas: "Si se hubiese atrevido a llamar a las cinco de la mañana, todo sería diferente".
Estuvimos atrapados por horas en la carretera. El tiempo se acabó: Cuando llegamos, los escombros de la casa de su padre yacían sobre la tierra. El testamento que mantenía asido con ambas manos no tenía ahora ningún valor. Los abogados del banco, sin escucharnos, dijeron que la hipoteca se había vencido y que ella no podía reclamar ninguna propiedad. El terreno albergaría un corral de desechos de hojalata. Pero, por ahora, los pedazos de cemento se conjugaban con los coloridos detalles de las cortinas y algunas piezas de madera de algún mueble ya deforme. Colocándose unos lentes oscuros, la dueña de los apartamentos emprendió el regreso hacia el auto. Yo la seguí, en silencio. Le abrí la puerta y la observé mirar por ventana. El auto empezó a andar.
Unos kilómetros adelante, para romper el silencio, le dije un sincero "Lo siento". Fue la primera vez que ella se volteó para mirarme, como si hubiese adivinado mis palabras y el viaje que habíamos hecho formara parte de un plan que yo aún no comprendía. Me sonría casi por compromiso. Un instante después, sin apartar la vista de los campos, dijo: "Eso es lo que sucede con los recuerdos. No hay arquitectura que los someta. Sobreviven más allá de los espacios vacíos. Se adhieren a las paredes de nuestros cuerpos. Nosotros nos convertimos en la ciudad".
Le había suplicado constantemente que se olvidara de esas mañanas inspectoras en que solía revisar los bolsillos de mis pantalones en busca de números de teléfono o encendedores de cabaret. También, en otras soleadas horas matutinas, le había implorado que dejase de llorar y de exigir con un comportamiento extremadamente infantil, un poco de atención. Pero no. Ella, como siempre, extremista, como siempre, se había ceñido con la idea de no compartir mi afecto con nadie más. Yo tenía que decirle que "estaba bien" y prometerle que me alejaría de cuantas mujeres de piernas largas y bocas rojas me saludaran por el camino. Ella levantaba la ceja. En ese instante, yo la amaba de nuevo, porque en su entrecejo podía ver un suave destello de luz que me traía recuerdos de otra mujer que amé hace años y que no supe mantener. Y así, mirándola a ella, recordaba a la otra: Esa forma en que me besaba en mi juventud, la primera clase que compartimos en la universidad, las discusiones sin sentido que nos habían hecho correr desesperados por las escaleras de casa entre copas rotas y palabras hirientes... De pronto, sentí ganas de llorar. Quise esconder mi melancolía pero fue inútil. Con los cabellos rizados, sosteniendo el cepillo de dientes en la mano y con la bata de dormir repleta de dibujos de animalitos, me miró desde el fondo de sus ojos marrón: ¿Estabas pensando en ella? Yo no pude mentir. Me dolía que ella me mencionara a la otra ella. Me dolía en el alma. Yo no quería traer recuerdos del pasado porque al fin y al cabo ella, la única mujer de mi actual existencia, sufriría apenas yo dejase el salón: Se pasaría la tarde pensando en las frases que le diría si la tuviera en frente y acabaría por dormirse en el sofá.
Respondí con un seco "sí" y, tomando el maletín del desayunador, la besé en la frente y le dije: "No pienses más en eso". Ella asintió. Mentía. Vilmente, me mentía. Yo me hice pasar por imbécil y empecé a salir. El silencio de la casa y nuestra dinámica lenta se destruyeron al abrir la puerta del salón: Los coches pasaban, niños que iban hacia la escuela de la mano de sus padres, mujeres esperando el autobús. Empecé a bajar las gradas del apartamento, sin prisa, sin ritmo, meditando en la rutina que me aturdía. "Hace quince años ya", pensé.
Pero la voz de ella me detuvo en mi letargo y me regresó a la vida. Abriendo la puerta, ella había lanzado una pregunta que ambos habíamos evitado enfrentar. Al voltearme y observarla así, con la luz de sol bañando su rostro, la ví y sólo pude acercarme para abrazarla fuertemente, limpiando las lágrimas de sus ojos, diciéndole: "Desde luego que me recuerdas a tu mamá"

Él, naturalmente (porque no parecía ser idiota), había notado que yo le miraba con inquisición (y en efecto, yo lo miraba como un sacerdote observaría una prostituta que caminaba vendiéndose por la ciudad), y en mis ojos interpretó juicio cuando en realidad yo lo que tenía era un asombro indescriptible por recordar que tanto él como yo compartíamos el mismo sexo y la misma orientación sexual, pero el hombre que veía ante mí había decidido convertirse en una mujer y sus esfuerzos se notaban en cada centímetro de su cuerpo: Yo le miraba, con descaro, sin disimular. Acá fue donde se dio la otra confusión, porque el travesti, malinterpretando mi mirada de nuevo, empezó a moverse con sensuales paseos y a lanzar flechas doradas como un cupido venido a menos que yo jamás podría corresponder. El autobús llegó y decidí apresurarme para abordar.
El transporte estaba vacío: Un par de mujeres conversando en los asientos detrás del chofer y tres hombres al final del pasillo, cada uno ocupando un asiento junto a la ventana... Yo estoy repleto de manías extrañas que no puedo explicar ni quiero entender, pero hay veces, cuando un olor o una situación me incomodan, que no consigo tener valor para sentarme en el autobús. Ese día, viajando de pie, en medio de una gran cantidad de espacios vacíos, el travesti abordó al bus. Fue entonces, cuando se desplazaba por el vehículo, que noté que cargaba una bolsa mediana mientras veía que se acercaba a mí. Sentándose en la última fila, junto a un anciano, empezó a comer galletas y a mirarme con sensualidad.
"Un travesti me está liando mientras come galletas", lo he visto todo, pensé. Y entonces, cuando me alejaba, un anciano se sentó a su lado y me sorprendió porque la charla no tardó en comenzar: Con voz ronca, ella le había dicho al viejo que si el equipo retratado en la portada del periódico era del fútbol local. Él, amable, caballero, se había volteado a explicarle: "No, señorita, es una foto del campeón mundial". Sonriendo, ella le ofrecía restos de galletas que, según creo, habia comprado por kilos en una fábrica cercana y comía mientras me observaba. El anciano, sin decir una palabra, moviendo la mano, rechazo el obsequio. Yo miraba por la ventana, de pie. De pronto, el anciano le acarició la pierna al travesti y le dice: "Disculpe, linda, puede tocar el timbre". Ella presionó el botón y él anciano se alejó mientras yo me preguntaba si él había notado el secreto de su compañera de viaje. Una señora, que había subido una parada atrás, hablaba por teléfono y decía: "Al pobre viejo verde, por alborotado sexual, le van a salir con feria." Yo quise reír, pero no pude, porque el travesti se movía de nuevo hacia mí, y sentándose en el asiento más cercano, me miraba con sus dientes repletos de migajas. Sentí asco. Y entonces, me alejé, de nuevo, hacia el fondo del autobús.
Uno de los viajantes, levantado las cejas, me dice suavemente: "Hombre, lo traes muerto." Sonreí. Luego, escudándome en el silencio y con la tranquilidad de haber hallado mis lentes oscuros, me aislé del mundo pensando en mi pareja y en que le llamaría por la tarde... De pronto, el transporte se detuvo, el travesti se levantó y pasando a mi lado, inclinó su cuello y sacudiendo su cabello, me dijo un seco "adiós". Yo me mantuve enmudecido. El tipo del asiento trasero se río. Y luego, en medio de sus respiraciones cortas, me dijo que al menos no me faltarían galletas. Yo reía, mirando por la ventana, viendo su silueta triste perderse en ese barrio pobre y desprestigiado de mi ciudad, con la bolsa entreabierta y las manos buscando en ella tesoros de chocolate y de vainilla...
Entonces, al marcharse, cabizbajo, se deshizo como en un poster de cine decolorido... Haciéndome recordar mis tiempos de infancia y por consecuencia a mi padre, que trabajaba en esa fábrica en su juventud y llevaba a casa esas bolsas de papel repletas de dulces alegrías...
"Yo tengo fantasías sexuales con policías", dijo la mujer mordiéndose los labios con fuerza y mirando al oficial por encima del borde la ventanilla del auto. El uniformado la alumbraba con la linterna: Tentándose por los ojos grises y el delgado cabello marrón que le envolvía los pómulos. Una vuelta más del labial y las frases escurrían en carmín furioso: "Tengo que dejar de cometer delitos para conocer hombres fuertes". Y entonces, acercándose, con un ademán de domador de fieras, el policía la tomó del brazo y le ayudó a salir.
De pronto la mujer empezó a reír con estrépito. Su esposo, semidesnudo y asombrado, con el control remoto sostenido por el elástico de su ropa interior parodiando una pistola, intentaba comprender que era lo que había sucedido. Ella, peinándose, con las piernas cruzadas en el sofá de la oficina, aspiraba un cigarrillo. Y luego, intentando retomar el juego, empezó a pasearse sensualmente entre los muebles. Quitándose los lentes de sol, él le dijo: ¿Por qué decidiste venir a almorzar conmigo? Y ella, mirándolo con detenimiento, sin parpadear un segundo, empezó a vestirse en silencio. Un poco más cerca, aferrándola por la cintura, el hombre empezó a moderle el cuello y a decirle frases entre sus cabellos: ¡Tendré que hacerle una multa, señora! Ha excedido el límite de velocidad...
Ella, soltándose, vestida por completo, agarrando el bolso al vuelo, salía de la habitación, sonriendo. Se alejaba de prisa de los ruidos de la ciudad. Manejaba su automóvil pensativa, casi por inercia, alejándose. En las afueras, en una intersección, detuvo el auto y empezó a observar el lugar: Sacando un taburete de pintura, y unos pinceles, dibujó un paisaje teñido por un violeta atardecer. Después de horas de trabajo, subió al auto de nuevo.
Regresando a casa, ella tarareaba una canción. Al abrir la puerta, el tema antiguo de aire jazz se escapaba desde la cocina. Entrando con rápidez, observó a su esposo preparando una ensalada. Se sonrieron. "Hoy pinté un cuadro" dijo la mujer. Y él, saliendo de la habitación por un instante, regresó con el cuadro en la manos y dijo: "Vaya, hace treinta años que no veía este lugar, no ha cambiado mucho". Y ella, con la copa de vino en la mano, mordiéndose los labios, recordó la noche donde una mujer policía ahora retirada arrestó a un hombre apuesto por un delito de faltas a la moral.
Y aquella madrugada, él le había dicho: "Tengo fantasías sexuales con mujeres que manipulan armas... ¿Qué puedo hacer, oficial?"
Creía en el poder curativo del agua, en la capacidad asombrosa de limpieza y renovación. Lo decía frecuentemente, recordando a los presentes que su signo zodiacal era piscis, y que por tanto, el líquido era su elemento. Incluso, viéndola de cerca, uno podría apostar que sus facciones se cubrían con una piel grisácea como la de un delfín, pero eso sería exagerar un poco esta historia.
Sin embargo, lo que sucedió aquella noche, la había sorprendido. Ni ella ni nadie, esperaba dichos acontecimientos. Así trabaja el destino, como un río subterráneo, con tretas subrepticias.
Se había despertado sudando sobre su cama. Apresurada, fue al baño, tropezando con los fragmentos rotos de los sueños quebrados que se habían esparcido por el suelo. Se miró en el espejo y sintió sed. Tomando entre sus manos el vaso de la mesita de noche, se sirvió un poco de agua y bebiendo, pensó en el mar. Instantes después, se acariciaba el rostro y el cabello mirándose con curiosidad. Le había parecido observar en sus propias facciones cansadas y apáticas un deseo aún insatisfecho. Sin prestar atención a sus ideas, dando media vuelta, regresó a la habitación.
Dos pasos la separaban de sus sábanas cuando sintió, otra vez, la resequedad entre sus cuerdas vocales. Era la misma sensación que recordaba sentir cuando fumaba cigarros fuertes y los aspiraba con profundidad, esa misma nube que le cortaba los respiros. Acercando su boca al grifo, bebió. Pero la sed no desaparecía, ni se saciaba por completo. Entonces, colocando unos paños en las hendijas de la puerta, empezó a inundar la habitación. El nivel del agua subía. Ella jugaba con las pequeñas olas que se creaban por el movimiento de sus pies. En una especie de danza suicida, abrió la ducha y se sentó en un rincón, viendo los objetos del baño flotar a su alrededor. Se sentía envuelta por el líquido. Permanecía con la mirada fija, mirándose al espejo, tiritando de frío. Nadaba, reía, haciendo burbujas se lavaba las penas y las desgracias. Sumergiéndose en su sueño y su delirio, imaginaba acuáticos universos que plasmaría en los lienzos: Fríos colores de lagos oscuros.
Por la mañana, la encontraron así: Tendida sobre el suelo de su habitación, con los cabellos húmedos por el sudor y con la mano derecha alargada en un inútil intento de aferrarse a una botella de plástico que estaba sobre su taburete de dibujo. Ella tenía una mirada muerta de ojos desorbitados como aquellos comerciantes deshidratados en el desierto. No hubo oasis ni sombras para refugiarse. El forense no descartó el ahogo como la causa del deceso: En el archivo, la palabra "asfixia" fue escrita con una caligrafía desordenada y perezosa.
Murió, a sus veinte años, con la garganta obstruida por un par de píldoras para dormir, traicionada por el agua... Sedienta.

Entonces quise desintegrarme en una corriente eléctrica, convertirme en un fotón y viajar velozmente por el cableado telefónico, para llegar hasta vos, para perderme en tu cabeza, para juguetear entre tus sueños y perversiones. Pero no. Mi cuerpo permanecía aquí: Físico, óseo, palpitante. Ni menos sudoroso ni más ausente. Quizás el único movimiento realizado por mi cuerpo fue la caída estrepitosa de mis párpados, lo que nuevamente provocó que mis recuerdos, perdiéndose en los laberintos neuronales, trataran de recrear una imagen borrosa de vos. Nos habíamos querido, antes, en aquellos tiempos jóvenes de esperanzas añejas con sabor a cerveza y de alientos filosóficos. Yo, encaprichado con vos, o falsamente enamorado: Había rehusado marcharme al desierto, recorrer paraísos tropicales… Me había consagrado a vos. Y así, como si el destino marcase tus pasos, tomaste el primer avión que te ofrecieron y te alejaste de mí. No hay reproches, ni odios. Sólo distancias. Y cada noche, sueño que soy un polizón que salta de los puentes para caer en la cubierta de algún barco para tratar inútilmente de alcanzarte… Luego, soy descubierto por el capitán y sus piratas me persiguen: Huyendo, me pierdo entre los mástiles, evitándolos. Me alcanzan, me golpean y me arrojan por la borda. Y así, mientras caigo, ya no tengo pesadillas apocalípticas que se ensañen con nuestra muerte, no hay delirios de cataclismos ni de desastres atómicos. Ni imagino maremotos, ni evoco tempestades. Tan sólo siento el descenso: Lento, reflexivo… Entonces, el agua desaparece, y no queda más que el concreto de esa calle donde te escucho hablarme mientras te rodean los ritmos y aullidos de la ciudad. La banda sonora de nuestros recuerdos y nuestras historias. Quisiera viajar hasta donde te encuentras, llevarte al desierto y beber la sal que mana de tu piel, perderme contigo en un fragmento polar y calentarte con tibias palabras del poeta que jamás seré…
Saliste de casa, esta mañana, hace menos de doce horas. Regresarás a casa, esta noche, en menos de quince minutos. Quizás, a tu regreso, yo me convierta, como otras veces, en un poro de tu piel, en un brusco movimiento de tu espalda, en una sutil exhalación de placer. O el cansancio y la apatía que nos vencen las ganas provocarán que te pierdas en la ensoñación de aquella sala y yo, con la excusa de leer algún libro o de mirar el televisor, estaré sentenciado a observarte dormitar, hasta que amanezca, admirándote una vez más. Tal vez ni siquiera mi obsesión pueda mantenerme despierto y deba renunciar a vos… Y el sueño vencerá… Y al salir el sol, el desayuno será el de rigor, con las charlas de siempre: Tus ronquidos, mis manías, nuestras estupideces. Y así estaremos: Yo mirando tus ojos. Vos mirando tus planes. Yo pensando en perderte. Vos pensado en amarme. Absurdamente tratando de entendernos y descifrarnos sin concentrarnos en hacernos compañía. Y yo lo olvidaré todo de nuevo. Y entonces saldrás de casa y hablaremos como siempre, varias veces en el día, acompañándonos por horas mientras yo te siento en la distancia... Indudablemente, pensaré que nos separan mares, dragones y monstruos; y mientras divago me concentraré diseñando sobre un papel algunos puentes y mapas para tratar de alcanzarte. Para no perderte más. Y un par de horas después me daré por vencido (como hoy, como siempre), esperándote en el portal de casa: Sin preguntarme por qué nunca he sentido el valor suficiente para susurrarte al oído que aún cuando te abrazo siento que me haces falta… que aún cuando me aferro a tu cuerpo es extraña tu mirada.
En ese momento, yo no lo sabía con certeza, sino que me dedicaba a devanarme los sesos tratando de comprender por qué la pintura que había adquirido para decorar mi habitación, empezaba ahora a resultarme molesta. No era un cuadro realizado por algún famoso genio del color o de las formas, sino que, para mi sorpresa, la había encontrado casi por casualidad en medio de una galería clandestina. El vendedor, al parecer poco obsesionado con la idea de obtener mi dinero, me hizo una advertencia que no comprendí aquella noche: "Se cansará de ella, eso es lo que le ha sucedido a cada uno de sus antiguos propietarios". Yo, que siempre he detestado que me aconsejen con ese dejo tan insoportable de amenaza barata, le miré. Sin responder, pagué el monto que se indicaba en el cartoncito de madera de tinta negra. Los primeros días estuve postrado ante su belleza: Una pintura de diversos tonos grises y negros que se imponía con fuerza en el muro desnudo de mi alcoba. Disfrutaba de los rostros estupefactos de mis conocidos cuando reconocían la calidad de la obra. Los observaba con detenimiento, miraban, se mordían el labio y bajando la cabeza, intentaban dirigir la conversación hacia otros temas cotidianos: Mi trabajo, mi adicción al cigarrillo, una puesta en escena mediocre y estupideces por el estilo. Así, pasaron los meses. Y una mañana, la profecía se cumplió. La luz bañaba el lienzo con un nuevo acento inquisitivo. Entonces, admirando mi posesión, descubrí sus defectos. La técnica del pintor era bastante imperfecta, por no decir, aficionada; los tonos se mezclaban sin pasión, como las celdas de algún oscuro y depresivo hospital psiquiátrico. Las consecuencias no se hicieron esperar. El cuadro me enfermaba. Al despertar de madrugada, cuando estrellaba mi mirada contra sus formas, sentía nauseas. Decidí deshacerme de ella. Traté inútilmente de obsequiarla a los amigos que antes me envidiaban. Ninguno la aceptó: "No tengo espacio en casa", "¿Te cansaste por fin?"... O simplemente, negaban con la cabeza y mientras bebían un poco de café, me revelaban sus propias fobias hacia libros u otros objetos artísticos. Desesperado, sólo pude pensar una salida: Visitar al hombre que me había vendido semejante aberración. Le busqué en el mercado y fue sencillo encontrarle, en el mismo sitio de siempre, con otras pinturas menos pretenciosas. Al verme, supo enseguida por qué razón me encontraba en su local. "No puedo recibirla de nuevo", dijo. Yo suplicaba. Y él, sin inmutarse, me ignoraba descaradamente. Luego, al notar mi irritación y mi silencio, me interpeló: "¿Acaso no era lo que usted deseaba? Yo le ofrecí un tiempo para el arrepentimiento y usted no escuchó". El anciano decía la verdad. Yo no había escuchado... Abandoné el lienzo en la calle, infeliz, pensando en mi debilidad por aferrarme a esta vida. Por la noche, con un nuevo cuadro pequeño coronado sobre los ladrillos marrón, me recosté a dormir... Sin embargo, no hubo descanso alguno. Mis sueños se llenaron de pálidos colores esparcidos torpemente sobre distintas superficies: Tu piel, las blancas paredes frías, los papelotes del horizonte... aquel lienzo débil donde yo, siendo un infante, había dibujado el refugio que me salvaría de monstruos imaginarios... El viejo juró que no soportaría la pintura. ¿Y quién lo haría? ¿Quién podría contemplarse desnudo, al despertar, en el espejo de lo que siempre había querido y ver algo más que grises y negras cenizas?
Ilustración: Nocturne - Joan Miró

Y de pronto, una noche, al despertar de un sueño confuso que no llegaba a ser pesadilla, tuve miedo. La serpiente podría matarme mientras dormía. Sobresaltado, salí de la habitación con una daga en la mano. Caminé atento por la casa, cruzando los oscuros pasadizos, hasta llegar a la alcoba que le había acondicionado con esmero. Ella dormitaba, enredada entre sus blandas curvas, angelicalmente. Regresé a mi dormitorio con un sucedáneo de tranquilidad en los pulmones y con un amargo sabor a nicotina entre mis dientes. Me fue imposible entregarme a los ensueños.
Las noches siguientes fueron infernales. Sudaba internamente. El miedo me carcomía los poros convirtiéndolos en mecanismos de drenaje cargados de un olor rancio. Mi barba aumentaba y las bolsas de mis ojos aumentaban su peso púrpura. No podía confiar en ella. Había traicionado antes. Y podría hacer lo mismo conmigo. Esperaba un descuido. Yo la amaba y la odiaba al mismo tiempo. Quería salir al patio, buscar la pala y destrozarle la cabeza contra el piso. Verla revolcarse de dolor… Mientras naturalmente, yo sufría su muerte cargando mi culpa.
Astuta, como todas las víboras, me lanzaba tiernas caricias desde la distancia. La calma aparecía por lapsos y desaparecía de forma cada vez más violenta. Quizás, confiar en ella sería, en verdad, entregarme a mi propia muerte. Y yo lo sabía. No podía abandonarla. No podía creerle. No podía… ¡Y así estoy ahora!: Encerrado en mi celda, con el pavor de convivir cada día con el monstruo que yo mismo había forjado, deseando acariciar su piel escamada y anhelando tener la fuerza para huir y alejarme de ella… ¿Y si es inocente? ¿Y si no miente? ¡Maldita incertidumbre he vivido cada día!
Pero no escaparé. Me conozco. Y el desenlace será, si mis temores no fallan, tal como mis intuiciones lo han previsto. ¿De qué sirve saber que el precio será alto cuando uno está dispuesto a pagarlo? Moriré por su mano, es obvio… Y aún así me autoentrego.
Cuando, por fin, lo dijo, fue como si hubiese levantado la venda que cubría mis ojos desde hacía tanto tiempo y yo, observando el nuevo horizonte, descubriera que cada una de las sospechas que había imaginado, se revelaban ahora ante mí, no menos horrendas que antes pero, por lo menos, más reales. No tuve tiempo de imaginar una respuesta. Mi respiración se cortó y mis cuerdas vocales traicionaron mi parsimonia dejando escapar una suave afirmación que, para qué negarlo, fue escuchada con perfecta claridad y comprendida a fondo, a pesar de su aparente carácter trivial. Fue, entonces, cuando me reconocí perdido. Había tragado, en los últimos meses, muchas palabras y reproches que hoy luchaban a muerte por salir. Me había sacrificado y estaba exhausto. Ya no podía ceder…
Ella estaba frente a mí mirándome mientras permanecía sumida en mi revelación casual. Sostenía una especie de mueca graciosa. Una torcedura grotesca del labio superior. Era su forma de decirme que disfrutaba de la situación en la que me había dejado encerrar, que se complacía en mi desesperación y, que a partir de esa frase fugaz, no habría nada gratuito entre nosotros sino que, por el contrario, la catástrofe soplaría con mayor ímpetu. De nada servía ya tratar de cambiar el rumbo de la conversación, yo me había delatado y esa pequeña victoria, mi incontrolada autoderrota, le bastaba para regodearse con placer. Sin duda, en este callejón sin salida quedaban pocas opciones: Encararnos y llevar el asunto hasta sus últimas consecuencias o bien, callar y permitirme a mi mismo hacer el papel de imbécil. Lo que era seguro, claro está, es que a corto plazo no se dejaban ver resultados agradables para mí.
A fin de cuentas, el diálogo no podía ser interrumpido. Era preciso avanzar en la conversación. Nos habíamos reunido, tan sólo para reencontrarnos después del caos sexual de anoche, en un café de la estación donde pasadas dos o tres horas, los empleados del local nos tosían descortésmente cuando deambulaban a nuestro lado mientras se entretenían colocando las sillas de las mesas vecinas sobre los tapetes coloridos y arrastraban apáticos sus escobas y trapeadores. La candela que nos iluminaba se gastaba y dejaba escapar un humo pálido que me provocó ganas de fumar. Mientras buscaba un cigarrillo, le dije: “Tengo que salir de ahí. Esa casa me asfixia”. Entonces, dejó escapar una frase de forma inmediata y certera: “Las casas nos asfixian a todos”. Y fue a causa de la naturalidad con que mencionó ese detalle, mientras yo me abortaba de esa placenta ególatra que envolvía mi existencia, lo que me provocó una risa incontrolable. Levantando la mirada, sin dudarlo, afirmé: “Esta sucesión de frases parece el inicio de una obra de teatro…” Y no había acabado de decirlo cuando me interrumpió para añadir: “O quizás, el final…” En todo caso, esa parte de la charla también lo era, podría ser el perfecto detonante o cierre de una historia; pero no, no habría literatura que rescatara ese momento, porque yo, en el fondo, descubrí entonces que eso habíamos sido: Una acto aparencial que había durado unas horas y que yo, iluso, traté de convertir en el escenario de mis rutinas. Ella no estaba interesada en largos compromisos, ni en observar la forma en la que paso las páginas por la noche mientras espero el sueño, ni en dejarse ver en su malos humores matutinos. Fue un amor de avión, dirían otros.
Cuando se marchó, tomando con desgane mi tarjeta, empecé a cuestionarme por qué podía quedarme sentado ahí sin hacer caso de mi deseo de perseguirle. Nunca he sido bueno mendigando amores, me dije. Guardé un par de libros en el maletín, el mismo que había permitido que iniciáramos nuestra relación y otro que le había mostrado, y salí. Afuera, el viento, acariciaba los trenes mientras yo, meditando, planeaba escribir un breve cuento narrando mi noche, ensayando frases que me consolidaran como escritor y que no dejasen escapar ante mis lectores esas oscuras necesidades de afecto que siento cuando viajo solo en barcos, trenes, aviones o taxis. Soy un solitario en movimiento que no logra liar siquiera una anécdota de sus frecuentes desengaños amorosos. Eso soy: Un tipo abandonado que intenta volver a casa...
El bus se detuvo y abrió sus puertas. Durante dos segundos, el conductor me miró estupefacto. ¿Por qué no se sube este imbécil?, pensó. Luego, escuché el ruido del motor del autobús alejarse en la oscuridad. Cuando caminaba, en medio de las calles frías, me preguntaba por qué había decidido dejar escapar el último transporte y sentenciarme a recorrer los ocho kilómetros que me separaban de casa. El enigma se revelaba con inocencia, como niños que descubren hechizos mágicos por error: Las luces de los coches y el movimiento en la avenidas, me hacían compañía. O al menos, eran más soportables que mi reflejo abstracto en los cristales de la ventanilla del autobús. Y así, cabizbajo, avanzaba en mi ruta diciéndome que quizás, con un poco de suerte, algún perro seguiría mi rastro buscando comida y yo, ilusamente, creería que ha venido para protegerme o para acompañarme.

La mujer gritaba con voces iracundas: "Gatas de mierda, fuera de aquí, estúpidas", agitando la escoba sobre las vigas de la cocina. La escena era tan cotidiana que me sorprendió descubrir esa risa tan espontánea seguida de un expulsar de bocanadas torpes y una tos traicionera. En realidad, las gatas era molestas: Tercas, perversas, calculadoras, tan gatas. Sin embargo, ante la fuerza de la orden, los animales abandonaron la habitación para regresar un par de minutos después, con la esperanza de que ella estuviese sentada a la mesa junto a mí y ellas pudieran intentar su caza de nuevo. El colibrí seguía asustado en el tragaluz. Yo sabía que ella no odiaba a las gatas, de hecho, ni las amaba ni las detestaba, simplemente las dejaba ser, como a todos. Un día llegaron a su casa y no las echó. Primero una, luego otra y así sumaron: Cuatro gatas. Y un perro, que pertenece a otra historia pero que comparte con las felinas el abandono de sus antiguos dueños: Un can de dieciocho razas mezcladas, clásico animal callejero. Pero no hay que perderse en la historia del perro. Ni en el cuento de las gatas. Hay que concentrarse en la mujer: En la bella voz chilena que le susurraba al perro que no debe ladrar a los amigos y que aterraba a las gatas para controlarles sus impulsos asesinos. Una señora que nunca quiso ni perros ni gatas pero que ahora, por cuestiones ajenas, los soportaba. Caso contrario, los animales habrían muerto de hambre y ella junto con ellos. Habrá que alimentarlos, se dijo. Y así lo hizo. De esa forma lo hacía todo: Con una innata capacidad de compasión. Yo miraba la escena y entendía. Luego, fumando un cigarro, hablamos de arte, de teatro, de recuerdos. Entonces, me sentía en casa. Era como compartir con una cuarta abuela (dado que yo tengo tres) y reír mientras se degustaban chocolates o se sorbía el café. Yo, irresponsable y egomaníaco, había salido de su casa con la promesa de regresar el lunes por un café. Esa fue mi última visita. En realidad, hoy es lunes, sólo que tres meses después. Y antes de eso, había prometido ir a beber vino y no fue sino hasta pasados casi dos años y debido a la muerte de su esposo, que volví a verle. Hoy, también, regresé por circunstancias especiales: Quería conversar asuntos privados y enterarme del homenaje que le preparaban a la actriz y a su esposo fallecido. Por supuesto, también deseaba saludarle: No es que yo me olvidase por completo de su existencia en esos periodos de ausencia. En absoluto. Sino que, en el mundo moderno, me perdía en rutinas y en presupuestos, y aunque la recordaba, se hacía tarde para llamarla o se escapaban las tardes para visitarla. Mi tiempo se desgastaba en vanalidades. Sin embargo, cuando regresaba a ese hogar, escapaba del mundo. Volvía a respirar y a disfrutar con esa sensación de ser humano, de ser sensible y de no necesitar más que un poco de pan y una buena charla. Me perdía en sus relatos, en su risa, en su carisma. Ella había vivido como nadie: Desde torturas de prisionera política hasta amores shakespearianos. Exhalaba sabiduría cuando soltaba el humo de sus caladas. Además, está su faceta de actriz famosa y legendaria: Solía hacerse teatro en las cocinas y en las salas de su casa, se fingían infartos y aún hoy, aunque en menor grado, se grita y se llora y se renace en carcajadas. Pero yo no la visito por su fama ni su gloria. Regreso a su casa para recordar mundos que no viví (que jamás viviré) y para acompañar mi soledad con la suya, para descubrir un alma que nunca ha sido corrompida por vanalidades, para regresar a mi infancia y tratar de descubrir en que momento de mi vida me he rodeado de tantas mierdas que me confunden el camino de regreso a aquella casa. Hoy, de nuevo, partí con una promesa... y debo ser un imbécil si no vuelvo por el té la próxima semana, para verla gritar otra vez, iracunda contra las malditas gatas y sentirme feliz cuando me obsequie ese abrazo que me quiebra y me acaricia y me hace soñar con esperanzas.

Había empezado desde joven con estos rituales extraños. Era curioso por naturaleza, constantemente buscando señales donde no las había. Y eso hacía hoy. Salía a caminar, recorriendo los sitios donde en los últimos días, habían ocurrido sucesos importantes. Llegó, en cuestión de minutos, a una banca abandonada en un camino paralelo a la línea del tren. Los rieles que bordeaban su universidad. Cada calle, cada rincón, traía recuerdos. Pequeñas memorias de momentos vulnerables. Ahí, en medio del aislamiento, había llorado semanas atrás una lágrimas que fueron derramadas por un nombre o más bien, por una persona; y entonces, mientras se lamentaba, de su suerte y de su desgracia, había colocado su cabeza sobre el maletín y terminó por quedarse dormido. Ahora, estaba en el mismo sitio. Caminando sobre la misma ruta: Tres pasos hacia delante, se detenía, miraba la banca, daba un giro y caminaba hacia la otra dirección. Y se cuestionaba mientras se movía: ¿Fue en esta banca? ¿A qué hora llegué? ¿Cuánto tiempo me dormí? ¿En qué posición? ¿Por qué no fui a otro lugar?... Durante un breve lapso, quizás veinte minutos, estuvo ahí. Luego, capturando el lugar con un par de fotografías, respiró profundo y partió.
Y fue a otro lugar… Horas después, estaba en un sitio distinto… Rincones de felicidad y muros de melancolía… Visitando su historia, interrogándose con esmero mientras lo hacía: ¿Dónde te besé? ¿Por qué nos fijamos en ese mismo vitral? ¿Fue acá dónde coloqué mi mano en tu espalda? ¿O fue aquí? ¿O quizás un metro más allá? ¿O dos milímetros?... Y seguía sonriendo, sumido en la tranquilidad, jugando con las piezas y los fragmentos.
Resucitaba sus emociones, eso hacía, porque creía que reviviendo sus momentos podía revivirse a sí mismo. Sabía perfectamente que los lugares, en ese instante, eran diferentes. La ausencia los marcaba. ¡Y que no podían recrear lo vivido! Pero disfrutaba hacerlo: Deambulando por horas, en la ciudad y en el campo, fotografiando los espacios vacíos.
En un lago, se sentó, exhausto por la labor. La lluvia empezaba a caer. La tensión del agua quebraba el espejo, por segundos. Con su cámara en mano, empezó a disparar el obturador: Y entonces, comprendió que la realidad le hablaba y le pedía que regresará a nuestro tiempo. Entonces, fue cuando escuchó el viento susurrando a su oído que no se puede vivir cada día anhelando los reflejos. Y tatareando una canción, se hundió en la rutina, compitiendo con las bocinas, con las voces desesperadas de los otros, con las sirenas de ambulancias que aullaban en la lejanía…
